En el Imperio Romano, vender y comprar no eran actos menores.
Los caminos que unían ciudades y provincias eran mucho más que caminos militares. Funcionaban como verdaderas arterias comerciales por donde circulaban trigo, vino, aceite, especias, entre otras cosas. Roma comprendió algo decisivo. Sin estrategia no hay imperio. Detrás de cada legión había comercio. Detrás de cada foro había intercambio. Y detrás del poder se sostenía una economía que moldeaba la vida cotidiana de aquellas épocas.
Hoy, en mayor o menor medida, esa misma lógica sigue funcionando entre negocios, pantallas y decisiones que buscan resultados inmediatos.
Cada almacén, cada verdulería, cada vecino que ofrece su oficio construye una trama que va mucho más allá de la transacción. Comprar en el barrio es también comprar confianza. Y vender no consiste únicamente en ofrecer un producto, sino en insistir en la cercanía, interpretar qué necesita la comunidad y responder con algo que muchas veces vale más que el precio. Porque, en definitiva, lo que se construye es un vínculo.
Ni siquiera fue siempre el dinero lo que mantuvo en movimiento esa rueda. Durante siglos, el trueque, los favores y la palabra empeñada funcionaron como monedas de cambio capaces de sostener relaciones, economías y formas de organización social.
Pero incluso Roma cayó. No por un único motivo ni por un evento repentino, sino por una suma de factores que la fueron debilitando. Hasta los sistemas más sólidos pueden resquebrajarse cuando la estrategia deja de acompañar los cambios de su tiempo.
A su escala, nuestros barrios también pueden pensarse como un pequeño imperio, sostenido por intercambios, confianza y una adaptación constante.
Por su parte, la política aprendió pronto de esa lógica. Vender un candidato, convencer a un electorado o instalar una idea exige análisis, lectura del contexto y una estrategia capaz de conectar con las expectativas de la sociedad.
Y en este mismo instante, mientras escribo estas líneas, yo también estoy vendiendo. Intento persuadirte de que sigas leyendo, de que este texto valga tu tiempo.
Si Roma logró expandirse y sostener su poder durante siglos, no fue casualidad. Nada en su estructura funcionaba sin planificación. La estrategia, heredada del pensamiento militar, era una herramienta central. Pensar antes de actuar. Leer el terreno. Medir fuerzas. Decidir cuándo avanzar y cuándo esperar.
Roma perfeccionó esa lógica hasta convertirla en sistema y sus ejércitos no se movían sin cálculo previo. Cada legión integraba un engranaje donde la logística, el abastecimiento y la persuasión eran tan decisivos como la confrontación. La estrategia no era simplemente acción, sino inteligencia organizada.
Entre la estrategia y la acción aparece una pieza clave. La táctica. La táctica es el puente, el modo en que un plan se traduce en decisiones concretas. Para entenderlo, basta mirar el fútbol o, por qué no, algo tan cotidiano como la cocina.
En el fútbol, la estrategia define la idea de juego. Presionar alto. Esperar. Apostar a la posesión. La táctica organiza a los jugadores dentro de un esquema y distribuye los roles. La acción es el pase, el movimiento, el gol que termina resolviendo el partido.
En la cocina ocurre algo similar. La estrategia puede ser decidir qué se quiere lograr. Una comida rápida. Un plato saludable. Una cena especial. La táctica aparece en la elección de los ingredientes, los tiempos y el orden de preparación. La acción es cortar, mezclar, cocinar, servir.
La diferencia entre estos conceptos no es teórica, sino práctica. La estrategia traza el rumbo. La táctica organiza el camino. Y la acción pone el movimiento.
En el mundo del marketing y los negocios, esta distinción conserva plena vigencia. Lanzar un anuncio, abrir una tienda online o publicar una promoción son acciones. Definir en qué canales, con qué tono y en qué momento intervenir pertenece al terreno de la táctica. La estrategia, en cambio, es la que permite que cada decisión encuentre sentido dentro de un objetivo mayor.
Y allí aparece la pregunta inevitable.
¿Sabes cuál es tu objetivo?
Aunque quizá exista otra, todavía más dificultosa y necesaria.
¿Tus acciones actuales te están acercando a él o simplemente te mantienen en movimiento?
Las respuestas no siempre aparecen en manuales ni en grandes empresas. A veces están mucho más cerca.
Un ejemplo lo ofrece Huerta Los Vega, un emprendimiento de Grand Bourg liderado por Pablo y Belén, dedicado a la venta de productos orgánicos libres de químicos. En un rubro cada vez más exigente, atravesado por precios inestables y prácticas de competencia desleal, eligieron un camino que combina convicción y claridad.
Su objetivo es nítido. Priorizar la salud sin perder de vista la economía de sus clientes. A partir de allí, todo encuentra coherencia. La estrategia deja de ser únicamente comercial para volverse también educativa. La táctica se apoya en una comunicación constante, en la pedagogía sobre lo que consumimos, en un relato capaz de generar cercanía. La acción se traduce en el trabajo cotidiano, la entrega de bolsones de verduras, la atención de pedidos, la construcción paciente de confianza.
No se trata solo de vender alimentos saludables. Se trata de saber por qué se vende, cómo se sostiene ese mensaje y qué coherencia existe entre lo que se piensa, lo que se organiza y lo que finalmente se hace. Allí es donde las acciones dejan de ser movimientos aislados para convertirse en decisiones alineadas.
Entonces, quizá la pregunta final ya no sea solo cuál es tu objetivo.
La pregunta es otra.
¿Cuál va a ser tu próxima estrategia?
¡Te esperamos la próxima semana con una nueva columna de MODOSALE! Escrito por: fedetech
